¡A ladrar por las calles! La filosofía cínica como un ejercicio para la labor filosófica contemporánea.


Texto escrito por Israel Galván Delgado, conductor y productor de DeMentes

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La filosofía griega se caracterizó, entre otras aportaciones, por las múltiples escuelas que se constituyeron y que fueron espacios de formación en las que los ciudadanos participaban para fortalecer su relación con la polis y por ende, buscar la realización de los objetivos de la misma. Mientras que los aristotélicos buscaban la virtud en función de vivir para la Justicia los platónicos por su parte, se habían dispersado en varios grupos que, desde varios caminos, buscaban alcanzar el conocimiento de sí gnothi seauton, y en consecuencia, el gobierno de sí mismo.

El filósofo francés Michel Foucault (1926-1984) en una de sus clases compiladas en la Hermenéutica del sujeto, al respecto de la formación filosófica, expone acerca del uso de la tekhné y del ethos conjuntados para que el «discurso de verdad» que el filósofo quiere transmitir tenga sentido. Me refiero a la parrhesía. La parrhesía como el acto de «decir todo», más que ser un acto de pronunciación o exposición  es una actitud frente al acto de vivir. (Foucault, 2009:354)

Esta actitud del hablar de la parrhesía, o como la traducirá Foucault al francés franc-parler – o «hablar claro»- estará en contra de la adulación y su misión será deshacerse de ella. «Hablar claro» será la herramienta para terminar con toda adulación que los oradores y aquellos que expresaban discursos galantes y complacientes con fines de irrupción en la libertad del otro. Pero hablar claro también pretende terminar con la ira, ¿Por qué la irá también debe ser erradicada? Al respecto Foucault dice:

La cuestión de la ira, la cuestión del arrebato de sí mismo o la imposibilidad de controlarse –digamos más precisamente: la imposibilidad de ejercer el poder y la soberanía sobre sí mismo en la medida y el momento en que se los ejerce sobre los otros- se sitúa exactamente en el punto de articulación del autodominio y el dominio sobre los otros, el gobierno de sí y el gobierno de los otros. (Foucault, 2009:356)

La ira y la adulación serán las articulaciones de las relaciones de poder de quienes anhelan que las labores y relaciones de los ciudadanos cumplan solamente sus intereses.

La labor filosófica de la antigüedad –y porque no decir la de nuestros días- puede  ser la de «hablar claro» para “establecer una relación que asegure la autonomía del otro, del receptor de la palabra con respecto a su emisor”. (Foucault, 2009:361) Al respecto Foucault concluye que la parrhesía es la antiadulación. «Hablar claro» funciona como un instrumento que desarticula el andar de los miembros de la comunidad que no han logrado alcanzar su autonomía, es también un elemento que irrumpe con la pasividad en la mentalidad, y que da ‘alerta’ de lo que está aconteciendo; despierta y aterroriza a los transeúntes que caminan por las avenidas, por las calles sin ningún cuidado. Podemos hablar que la parrehesía tiene el mismo efecto de un ladrido.

 

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La secta del perro: Diógenes “ladrador filosófico”.

Hablar de ladridos es hablar de perros. El «perro» es para la cultura griega el animal de abominación por excelencia. Es tan despectivo el carácter de este sustantivo que se usa para calificar de manera insultante a quien sea. Al respecto                                                                           Carlos García Gual expone en su texto La secta del perro,  el carácter peyorativo de la expresión “perro” en algunos pasajes de la literatura griega:

Para los griegos fue, desde antiguo, el perro el animal impúdico por excelencia, y el calificativo de «perro» evocaba ante todo ese franco impudor del animal. Era un insulto apropiado motejar de «perro» a quienes, por afán de provecho o en un arrebato pasional, conculcaban las normas del mutuo respeto, el decoro  y la decencia. Al «perro» le caracterizaba la falta de aidós, que es «respeto» y «vergüenza». Simboliza la anaídeia bestial, franca y fresca. (Gual/Laercio, 1987:20)

Esta caracterización bestial hacia algún individuo no sólo era insultante sino deshonrosa. El perro, carente de aidós (respeto, sentido moral que era necesario para la convivencia cívica, es decir, la participación de universal en el pudor y la justicia), rivaliza por su independencia con la de los dioses. (Gual/Laercio, 1987: 22) Sin embargo, una escuela filosófica tomará la imagen del «perro» como estandarte de su pedagogía, me refiero a los cínicos.

El cinismo o Kynismós en alemán «a la manera del perro», será el sobrenombre  dado a Diógenes de Sínope, pero más que un insulto o una deshonra, Diógenes adopta el nombre como algo que según él, califica de manera justa su conducta. Esto nos lleva a pensar ¿qué hace el cínico?, a lo que García Gual responde.

El cínico denuncia, no con hermosos discursos, sino con zafios y agresivos ademanes, el pacto cívico con una comunidad que le parece inauténtica y perturbada, y prefiere renunciar al progreso y vagabundear por un sendero individual, a costa de un esfuerzo personal, con tal de escapar a la alienación. Prefiere tomar como modelo a los animales sencillos que andar embrutecido en el rebaño doméstico (…) (Gual/Laercio, 1987:23)

El cínico «ladra». No busca palabras aduladoras para convencer o doctrinar, tampoco busca una desalienación con dulzura seducción, el cínico pretende que aquél que se encuentra en contacto con él se estremezca, se treme,  se perturbe. Tampoco impone ni somete (perro que ladra no muerde), sino que desorienta del camino zombiótico a los que encuentra a su paso. Es decir, el cínico busca desembrutecer, des-alienar «sacar de la línea» a quien camina por la calle sin observar detenidamente el camino.

Es así como la filosofía cínica, a diferencia de la socrática, no se queda solo en la duda o en la aporía, sino que da cuenta de la locura de aquellos que pretenden conocer la verdad o ni siquiera se preocupan por ella, y en su articulación buscan dirigir su propia vida y la de los demás. Un caso donde se observa esta singularidad de Diógenes, y que su conciudadano Diógenes Laercio expone, es el siguiente:

Sin duda, la más famosa anécdota es el encuentro con Alejandro. A la pregunta: «¿Qué quieres de mí?», responde el indolente Diógenes, sentado junto a su tinaja, en tono tranquilo: «Que te apartes un poco y no me quites el sol». Un bon mot, cierto. «De no ser Alejandro, habría querido ser Diógenes», se cuenta que hubiera dicho el macedonio.

La naturaleza será el emblema del Perro, quien ha de regirse, no por leyes o políticas establecidas que no permiten la libertad de los ciudadanos, por el contrario, los cautivan en privilegios y placeres que solo embrutecen su comportamiento. El perro manifiesta la inconformidad de las acciones de los gobernantes y busca en una forma “bestial” la vida adecuada para un ciudadano, es decir, la vida que se rige por las leyes de lo natural.

 

Cave Canem

A manera de conclusión.

Más allá de lo que podríamos suponer que Diógenes estipulaba o enseñaba, es lo novedoso de su propuesta y lo fatuo y loco que nos parece (Platón decía que Diógenes era un sócrates en locura). El Perro nos estremece y nos deja ver en su vida un principio de autonomía, de ascetismo, que no da pie a estipular una manera correcta de vivir “éticamente” desde lo normativo de la ciudad o en este caso del Estado, sino de una expresión conductual que perturba a todo aquél que pretenda adoptarlo.

El Perro no adula y tampoco hace uso de la ira (de haberlo hecho no habría oportunidad de relación con los otros y hubiese sido exiliado) Fue un perro tranquilo, adoptable y adaptable a las condiciones que se le presentaran. De lo que no hay duda es que nunca dejó de ladrar a ricos, pobres, ciudadanos, esclavos y todo aquél que se atravesará en su camino.

En la sociedad contemporánea, la locura, lo inalienable es visto como lo aborrecible, lo que es necesario erradicar. Sería interesante tomar la propuesta del Perro como una estrategia para el quehacer crítico cotidiano ante el consumismo y lo que realmente embrutece el pensamiento de los individuos en la actualidad.

Bibliografía

Foucault, M. (2009). Hermenéutica del sujeto. México, México, Paris, Francia: Fondo de Cultura Económica.

Ímaz, C. G. (2001). La filosofía helenísica. Madrid, España: Síntesis.

Laercio, D. (1987). Vidas de los filósofos cínicos: La secta del Perro. (C. G. Gual, Ed.) Madrid, España: Alianza Editorial.

 



3 diciembre 2014, 13:54 | dementes



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