La ciudad de los saberes


El extranjero había llegado a Cuernavaca, después de haber estado cinco años de su vida promoviendo ciudades de conocimiento, sí, de esas ciudades globales y tecnológicas. Antes trabajaba en el área de programación como freelance, su trabajo era tan cómodo, siempre desde casa, él tan flexible, ¡él siempre tan emprendedor!

Todos los días, desde que vio en línea los hoteles coloniales, había construido imágenes en su mente de este lugar. Se imaginaba sus calles, sus paisajes, a veces también podía sentir los olores, y los sabores. Las historias de sus amigos, lo habían traído a este sitio. Su ex novia había vivido allí por un año, y si algo le gustaba recordar de ella eran sus anécdotas de la antigua Cuauhnáhuac, de sus experiencias en las escuelas de español, de la amabilidad de las personas y su trato casi natural con el extranjero, de su clima primaveral, de la sensación de estar en una ciudad-pueblito y  de estar viviendo un poco de lo exótico y del “folclore” que describía la literatura de  conocidos viajeros.

Años atrás, antes de llegar a la “ciudad de la eterna primavera”, el extranjero había leído unas notas en el periódico sobre el intento de desarrollar ciudades de conocimiento en México, Cuernavaca aparecía en la lista como “nueva ciudad del conocimiento mexicano” gracias a sus 39 centros de investigación, sus 135 laboratorios y sus más de 1, 900 investigadores.

Cuatro años en Cuernavaca le bastaron para conocer de diferente manera la ciudad. Había abierto un pequeño restaurant en la zona del centro y sin hacerlo consciente, él ya no sólo habitaba, sino construía la ciudad de diferente manera. Podría decirse que hasta su propia extranjería producía ciudad. Sí, las ciudades no sólo se habitan sino también se construyen.

 

Diseño independiente. Cardumen Bazar, Cuernavaca. Foto: Susana Cruzalta

 

 

Hoy lo vi, estaba parado atrás del Palacio de Cortés, esperaba la ruta y por un momento recordé la buena charla que tuvimos cuando visité su restaurant. Me  contó su historia y me mencionó su antiguo interés por las ciudades del conocimiento.  Sin dudarlo, dijo que  si en algún lado estaba la ciudad del conocimiento era en la universidad del estado, en los centros de investigación, sí en el CRIM y  por supuesto en CIVAC o en ese tal Parque Tecnológico. Sin embargo, lo que consideraba importante no era identificar estos centros, sino el reconocimiento  de otros espacios y de otros sujetos. ¿Por qué sólo pensar en las instituciones o en las empresas? y ¿por qué no pensar en las personas?, ¿qué pasaba con el resto de la ciudad?, ¿qué es lo que tiene Cuernavacade especial?

Le dije que alguna vez había escuchado en esos mismos centros, que hay ciudades desarrolladas porque hay subdesarrolladas, que existe el tercer mundo dentro del primer mundo y que incluso éste último posibilita la realización del primero.

De forma especulativa, él sólo pensó que algo similar pasaba en esta ciudad y si existía el conocimiento era porque detrás de él había personas con saberes, a veces procedentes de la formación académica, pero muchas veces  derivados de la experiencia o del diálogo. No sólo los centros académicos y tecnológicos eran lugares de enseñanza, aprendizaje o creación, también el Mercado López Mateos concentraba un diálogo cotidiano, informal que producía un “saber”.  El centro mismo, lleno de gente diversa, de artesanos, pequeños comerciantes, barrenderos, danzantes, músicos, performanceros, vendedores, gente con trabajo precario formal e informal, todos ellos  tenían saberes únicos.

Sintió mi mirada y me saludó con una sonrisa, me acerqué a él y se quedó observado el título del libro que traía en mano: “Reflexión antropológica. Los saberes subalterno y su papel activo en la construcción de las ciudades”- enseguida comentó -¡Claro!, ya lo intuíamos  somos la ciudad de los saberes.

 

 

 



27 noviembre 2014, 23:39 | susana



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